| López Gutierrez, Pilar: Los espacio femeninos |
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LOS ESPACIOS FEMENINOS
RESUMEN Este artículo pretende ser una reflexión sobre el reparto de papeles llevado a cabo por la sociedad desde hace milenios, en el que ha correspondido a la mujer el ámbito doméstico y al hombre el ámbito público. Las labores de cuidado del hogar y los hijos que se llevan a cabo en el ámbito doméstico han tenido como consecuencia que la mujer ocupara en esta sociedad una posición técnica, jerárquica y socialmente de menor consideración porque "no traía dinero a casa", que era lo que daba prestigio social, al no ser considerado su trabajo como productivo. Cierto es que siempre hubo mujeres destacadas en ambos espacios y que desde el siglo XIX los avances han sido significativos, pero no es menos cierto que todavía queda un largo camino por andar en la conquista de la mujer no sólo por su espacio en el ámbito laboral, sino también en el ámbito privado que le ha sido considerado como propio, y, sobre todo, en esa "terra incognita" de la moral social. Palabras clave: Zenana, Harén, Gineceo, Simón de Beauvoir
ABSTRACTThis article tries to be a reflection on the role assigned to women in our society for centuries. Women have always be settled on the domestic field, taking care of their children. Consequently, women occupied a technical and hierarchical position. This position was socially denosted since "they didn´t bring any money at home". Therefore, they have no social prestidge, their works were not considered to be productive. Nevertheless, there were exceptional women in both fields. Since the nineteenth century many significant developments have taken place. However, it is true that there is still a long way to the conquest of the professional as well as the private sphere. The lattest has always been considered their natural worl, especially, in that "terra incognita" which belongs to the moral space. Keywords: Zenana, Harem, Gyneceum, Simon de BeauvoirLOS ESPACIOS FEMENINOS Pilar López Gutiérrez (recibido septiembre 2007, aceptado octubre 2007)
La reflexión sobre el espacio ocupado por la mujer adquiere una relevancia especial ya que éste ha determinado de forma muy especial su conducta y su ser social. Es desde el espacio o los espacios que habitaron o a los que se les permitió el acceso, desde donde se han proyectado modelos de conducta y de identidad "típicamente" femeninos. En las sociedades patriarcales - y hasta hace bien poco prácticamente todas las conocidas lo han sido -, a la mujer se la asociaba con y su presencia se restringía a la llamada esfera privada, concretamente a la esfera doméstica, a la casa y, dentro de ésta, especialmente, a ciertas habitaciones como la cocina, el dormitorio o la sala de estar, aunque estos espacios eran continuamente invadidos por otros miembros del grupo familiar. No se sabe muy bien cómo ni por qué la mujer comenzó a ser relegada al espacio doméstico, ya que durante buena parte de la Prehistoria la mujer ocupó idénticos espacios a los hombres y ambos actuaron unidos en las labores de caza, pesca y recolección. Tal vez el comienzo de la agricultura y una incipiente división del trabajo (el hombre seguía cazando mientras la mujer, por su relación con la fertilidad, se encargaba de los campos puestos en cultivo) empezaron a convertir el ámbito doméstico en un espacio propio de mujeres, aunque todavía no había comenzado la relegación laboral y social de las mujeres, dado que la labor que desempeñaba era considerada muy importante, como podemos ver en la existencia de numerosas estatuillas de diosas femeninas.
Fue la aparición de las grandes civilizaciones (Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma) la que dio al traste con el papel coprotagonista de hombres y mujeres y confinó a las mujeres en su hogar, aunque siempre hubo algunas que ejercieron una gran influencia. Lo peor es que esta reclusión de milenios en el ámbito doméstico ha influido en la consideración social de la mujer y ha provocado su relegación social, política y laboral, debido a que se trata de un ámbito de menor prestigio (no era productivo porque no se "traía dinero a casa") y a la creencia de que estas labores eran obligatorias para las mujeres en razón a su sexo y medidoras de su valía. Sin embargo, habría que recordar que todas las tareas domésticas tienen un precio en el mercado y requieren sistemas técnicos, es decir, destrezas, saberes y conocimientos que necesita de un lento proceso de aprendizaje desde la infancia. En contraposición el hombre comenzó a desenvolverse en los espacios públicos, que era donde radicaba el poder político, económico y eclesiástico y, por tanto, el prestigio social.
En el antiguo Egipto encontramos una clara división entre las mujeres de la realeza y las del pueblo llano. Las esposas del faraón, princesas y "esposas diplomáticas", hijas mayores de algunos reyes aliados del faraón, vivían y eran educadas en la llamada Casa Jeneret, que no era sólo un lugar de placer sino también un lugar en el que se recibía educación y un espacio para secretos, intrigas, rivalidades, luchas de poder y conspiración porque las concubinas competían entre sí para conseguir que sus hijos obtuvieran cargos de importancia. No se trataba de un único espacio sino de varios de tamaño variable y contiguos a los palacios del faraón, mientras que en el del El Fayum se alojaban las abuelas de la familia real. Se trataba de un espacio relativamente abierto, donde las mujeres recibían visitas, practicaban la artesanía, tejían telas para el faraón y eran educadas cuando eran jóvenes. El personal era exclusivamente masculino y en este espacio permanecía durante su minoría de edad el príncipe heredero para ser educado por varios preceptores. No obstante, hubo mujeres que ocuparon puesto de enorme de relevancia entre las que podemos citar a Cleopatra, lo que indica que el espacio público-político no estaba totalmente vedado a las mujeres.
En Grecia las mujeres estaban totalmente relegadas al espacio doméstico, denominado gineceo, donde comenzaban a ser educadas por sus madres a partir de los seis años en las labores relacionadas con la casa, el hilado y el tejido hasta que se casaban. Únicamente en caso de malos tratos la mujer podía conseguir que se disolviera el matrimonio y salir del hogar marital para volver al familiar. También podía ser expulsada de su hogar por su marido en casa de adulterio probado o cuando su esposo moría, lo que la obligaba a buscar un nuevo compañero y un nuevo espacio en el que recluirse. Las mujeres pobres acudían a la fuente o el río para lavar, escapando momentáneamente de su encierro, mientras que las mujeres acomodadas sólo salían a la calle para fiestas religiosas o para visitar a sus amistades. Sólo en época tardía las niñas acudirán a las escuelas y saldrán, por algún tiempo del ámbito doméstico. No obstante, algunas mujeres ocuparon espacios científicos o políticos como Agalis, muy celebrada por su sabiduría, y Aganice (de Tesalia), primera mujer que se dedicó al estudio de la astronomía, y a cuyas investigaciones se debe el conocimiento de las causas y tiempo de los eclipses de luna, aunque, sin duda, la presencia femenina más destacada fuera del espacio privado fue la de las hetairas. Procedentes del colectivo de extranjeras y esclavas y mucho más cultivadas que cualquier otra mujer en Grecia, eran figuras a medias entre prostituta y dama de compañía con gran influencia en ciertos hombres influyentes, lo que ha llevado a muchos a relacionarlas con las geishas japonesas o las kisaeng coreanas. Tomaron parte en los simposion y sus opiniones y creencias fueron muy respetadas por los hombres, como podemos comprobar con Aspasia, compañera durante mucho tiempo del ateniense Pericles.
Una de las singularidades de la civilización etrusca fue precisamente la igualdad entre hombres y mujeres, que permitió la presencia de las mujeres en los banquetes junto a sus maridos o en los juegos, lo que según el historiador griego del siglo IV a.C. Teopompo mostraba la depravación moral etrusca.
Aunque la mujer romana mejoró algo su posición frente a la griega y hubo mujeres con un enorme poder político, éste siempre se ejerció en la sombra y la mujer siguió estando confinada en el ámbito doméstico. Sin embargo, algunas mujeres se atrevieron a ocupar espacios destinados al hombre. Afrania, mujer de un Senador romano, defendía con admirable despejo muchos pleitos, y Agripina, la mujer de Germánico, le acompañó constantemente, inflamando en el peligro con su ejemplo y su voz el valor de las legiones de Roma, que condujo triunfalmente una vez al combate, igual que Antonina, mujer de Belisario.
Algo parecido podemos decir de la mujer musulmana, que, por tratarse de una sociedad que permitía la poligamia, compartió su espacio con otras mujeres dentro del harén, nombre que recibía la zona del palacio en la que eran confinadas las mujeres y sus sirvientes y con el que se denominaba también al conjunto de mujeres relacionadas con el poder. Se trataba de una sociedad casi autónoma, organizada y jerarquizada en la que la madre del califa o sultán ocupaba el lugar principal, aunque era expulsada del harén tras la muerte de su hijo. La seguían en importancia las esposas del califa o sultán, en primer lugar la primera esposa, seguida por las madres de otros hijos del califa o sultán, aunque si morían el califa o sultán y sus hijos salían del harén. En el harén también convivían las esclavas concubinas, que si tenían un hijo podían convertirse en esposas, las observadas, las diplomadas, que estudiaban música, canto, poesía, danza y artes amatorias, las mujeres del servicio y, en el Imperio turco, los eunucos. Las intrigas estaban a la orden del día y se utilizaba el veneno para eliminar rivales o aspirantes a la sucesión. En al-Andalus el mayor harén se encontraba en la Córdoba califal y llegó a reunir a más de cinco mil personas. En la India musulmana los Rajputs confinaron a sus mujeres en las Zenanas, con una disposición similar a la del harén.
Durante la época medieval en el mundo cristiano la mujer, encarnación de todos los males, tenía asignadas las tareas reproductoras de perpetuación de la especie, crianza y educación de las hijas e hijos, cuidado de enfermos, ancianos e impedidos, etc., el abastecimiento de la casa de todo lo necesario (mantener el fuego, atender el huerto, proporcionar prendas de vestir a la familia y acarrear agua, pues sólo las mujeres pudientes compraban agua a los aguadores), el cuidado de animales y la elaboración de productos alimenticios, además de ayudar a su marido en el taller o el cultivo de los campos.
En las calles no había mujeres y su presencia sola en un espacio público le daba la consideración de mujer pública, aunque si podían salir acompañadas de otras mujeres. Poco a poco las mujeres fueron ocupando espacios públicos como la fuente, el horno, el lavadero y el mercado (que los hombres dominaron cuando eran escenario de grandes negocios) para realizar sus actividades domésticas y los transformaron en espacios femeninos. Sin embargo, la mujer no pudo integrarse en los gremios, organización laboral medieval por excelencia, porque su labor en el taller no era remunerada y tenía la consideración de "ayuda" y no de trabajo. Sin embargo, al morir el maestro, su viuda podía quedar al frente del negocio, lo que indica que conocía el oficio, pero su presencia era temporal hasta que el primogénito varón sucedía a su padre. Era frecuente que las hijas de los artesanos contrajeran matrimonio con hombres del mismo oficio que su padre, lo que permitía que "colaboraran" después de casadas con su marido, además de atender la casa. La sociedad medieval permitía el trabajo femenino en ciertos casos para solucionar un problema social: las huérfanas, madres solteras, viudas, solteras etc., aunque las mujeres que llevaban a cabo un trabajo remunerado eran de las clases sociales inferiores y podemos afirmar que los hombres monopolizaban los trabajos más rentables y de mayor prestigio social como escribanos, mercaderes, tejedores de tapices, etc., accediendo las mujeres sólo a algunos trabajos despreciados por los hombres por sus escasos rendimientos económicos y poca valoración social. Además, el trabajo de las mujeres era más precario y su salario, menor (por ejemplo, los criados cobraban el doble que las criadas). Las mujeres eran criadas, mesoneras, taberneras, parteras y curanderas. Las actividades relacionadas con la sanidad fueron muy importantes entre las mujeres hasta la aparición de los estudios de Medicina en el siglo XIII. Después sólo se toleró que fueran parteras y la medicina quedó accesible sólo a los hombres hasta que las Universidades comenzaron a abrir sus puertas a las mujeres a partir de finales del siglo XIX, después de una larga lucha femenina.
Monjas y prostitutas podían escapar a las normas asfixiantes de la sociedad medieval, aunque también permanecían recluidas en ámbitos privados
Pese a todo, fueron significativos los casos de mujeres que alcanzaron la cúspide del poder político al actuar como reinas o regentes o gracias a la influencia ejercida sobre los reyes coronados, aunque casi siempre hubo detrás de esta labor un marido muerto. Entre las reinas más destacadas de la época medieval en España podemos hablar de Berenguela, la madre de Fernando III el Santo, y María de Molina, regente de su hijo Fernando IV y de su nieto Alfonso XI, que llegó a alcanzar un enorme poder y prestigio durante el siglo XIV. En el exterior destaca la figura de la culta reina de trovadores, Leonor de Aquitania, madre de Ricardo "Corazón de León". También en estos momentos podemos destacar la presencia excepcional de algunas mujeres en un ámbito considerado típicamente masculino: el militar. Entre ellas cabe destacar a Juana de Arco, que fue capaz no sólo de organizar la resistencia contra los ingleses en Francia sino de insuflar en el pueblo francés los primeros indicios de nacionalismo, aunque pagó cara su osadía en la hoguera, otro espacio en el que terminaron muchas mujeres acusadas de brujería.
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